En el confesionario de una iglesia se vuelve a evaluar el rol que jugaron el padre y un empresario en la violencia de los 70. La definición la tiene el público

"Para mí Dios está en un tango de Piazzolla"

A sus 75 años Arturo Bonín le va tomando el gusto al teatro independiente, lugar donde nació su vocación. Primero fue con la obra Tarde en Timbre 4 en 2016 en la piel de un gay con una familia complicada y ahora acaba de estrenar en el nuevo teatro Nün, en pleno corazón del barrio de Villa Crespo (Juan Ramírez Velasco 419, los martes a las 21), en el rol de un sacerdote en la obra Un Instante Sin Dios.

Un agnóstico de ley se calza la sotana para zambullirse de lleno en un thriller cuando un poderoso empresario (Nelson Rueda) se acerque a su iglesia y en ese confesionario algo va a suceder. En palabras de Bonín “en ese interrogatorio los dos harán una revisión de sus vidas y ahí verá qué le tocó en suerte o en desgracia en el marco de los años 70”.   La relación de Bonín con la religión siempre fue distante, aunque “vengo de una familia católica común, tomé la comunión. Pero no me prendió. Soy agnóstico y eso que me crié en una parroquia del barrio de Villa Ballester”. Fue su lugar de referencia, al margen que tuvo un padrino cristiano. Pero la verdad nunca tuvo un acercamiento profundo con la religión. Para el actor “la religión siempre fue un vacío de contenido”.   El papel de un sacerdote le despertó la curiosidad por el planteo de la obra porque “la confesión siempre es del feligrés al cura y éste es el que le da el castigo o el premio en función de lo que escucha.   Pero en Un Instante Sin Dios es como una blasfemia, el empresario acorrala al cura, le hace rever su vida en los años 70. Ahí es donde empieza el thriller y los dos se preguntan ¿quién es el otro?”.   La obra de Daniel Dalmaroni apunta a una especie de revival de la película Mi Secreto Me Condena (de Alfred Hitchcock, 1953): un sacerdote recibe la confesión de un feligrés asesino y cuando las pistas conducen al Padre (Montgomery Clift), éste siente que están en un callejón sin salida al no poder revelar la confesión. “En verdad, es algo parecido, pero en Un Instante Sin Dios no va en una sola dirección la investigación y lo interesante de la pieza es el público el que se plantea la pregunta por dentro ¿y ahora qué?”.   Para Bonín, la obra apela a astucia del espectador: “El es quién tendrá que encontrar las pistas que revela el thriller, bien al estilo policial de enigma como ¿el cura estará dispuesto a aceptar el dinero del empresario en cuestión para que la gente pobre de su parroquia a cualquier precio o impondrá sus condiciones?”.   El actor no disimula su sorpresa de cómo le llegó el libro a sus manos: “Yo al autor (Daniel Dalmaroni) lo conozco hace años y él se caracteriza por escribir piezas para actores de treinta y pico. Un Instante Sin Dios es una obra inédita. Como nos conocemos hace muchos años y nos tenemos confianza, él me ofrece a que sea yo el protagonista. Yo de antemano y prejuicioso se la rechacé porque creí que era una de sus piezas que él suele escribir y nunca pude trabajar con él porque, obviamente, para esos papeles yo ya estoy un poco pasadito de edad. Finalmente, acepté el desafío y confieso que no lo reconocí a Dalmaroni”.   En ese confesionario o interrogatorio ambos personajes, el cura y el empresario realizan una revisión de vida que, por momentos, los llevará a la confrontación, a pasar los límites propios: “Es en esta serie de confesiones donde se va revelar el gran misterio que los une a los dos”.   Nada más lejos de lo religioso, Arturo Bonín: “Yo no creo que haya nada más grande que el hombre. Si tengo que encontrar a Dios lo encuentro en un tango de Piazzolla, en un cuadro. No creo en un orden superior”. Incluso cuenta que en su familia hubo intenciones de seguir el el seminario: “Mi abuelo iba en ese camino en Italia pero por un compromiso con su madre. Cuando ella muere, mi abuelo presenta su renuncia en el Vaticano y se viene a la Argentina”. Cuando se habla de Dios suele citar una frase de Robert De Niro: “Si existe Dios, entonces, me va a tener que dar unas cuantas explicaciones”.   El cara a cara de un cura y un empresario remite a un marco histórico, el autor de la obra arranca con la pregunta: “¿Por qué la violencia de los años 70 en la Argentina se cuela constantemente en esta inesperada confesión que va de los milagros a Santo Tomás de Aquino, el celibato y la caridad?”.

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