No hay grandes nubarrones en el horizonte de esta campaña agrícola. Pero sí los hay donde no debería haberlos.

Entre el agua y el aceite

El campo viene bien en general, con buenas regaditas casi a diario, algún desastre como nos tiene acostumbrados el cambio climático, pero con la cosecha de trigo casi totalmente adentro. Decíamos la semana pasada que el trigo venía con un pan abajo del brazo.   Ahora agregamos que la gruesa pinta lindo: los maíces tempranos y la soja de primera están fantásticos, y la de segunda con algún atraso. Podríamos decir que por el lado de la campaña no hay nubarrones en el horizonte.   Pero sí los hay donde no debiera haberlos. Esta semana se produjeron los primeros coletazos de la política oficial para la industria aceitera. Cerró la planta de Cofco (ex Nidera) de Valentín Alsina (partido de Lanús, en lo más caliente del conurbano bonaerense).   Recuerdo perfectamente la inauguración de una remodelación total de esta planta, en 2011. Allí nos deleitó el gran guitarrista argentino Carlos Martínez, con sus imperdibles interpretaciones de Atahualpa Yupanqui. Tengo el CD y me acompaña en mis largos periplos por estas pampas.   Recuerdo también que fue una inversión de 12 millones de dólares destinados a cerrar el circuito: Nidera producía la semilla de girasol creada por sus breeders en Baigorrita (partido de Junín), luego compraba la producción y la molía en la planta de Saforcada (también en Junín) donde se usaba la cáscara para generar vapor y ahorrar combustible fósil. También procesa semilla de soja.   Ambos aceites se destinaban a la exportación, y una parte iba a Valentín Alsina, donde se refinaban y envasaban tanto para mercado interno como para otros destinos, en particular países latinoamericanos. Se vendían con marca (“Legítimo”) y también se hacía fazon para otras marcas.   Hace un par de años, Nidera se vendió a la poderosa Cofco, la empresa estatal china de trading de productos alimenticios. China es el mayor comprador mundial de soja. Pero siempre fue remisa a adquirir los productos de valor agregado. A mayor grado de procesamiento, mayores restricciones para ingresar a ese mercado.   Y no era el único país que protegía su propia industria. Varios países latinoamericanos hacían lo mismo: Chile, Perú, hasta Uruguay. Pero existía un pequeño diferencial arancelario que permitía compensar ese proteccionismo.   Hace tres meses, el gobierno argentino decidió eliminar ese diferencial. La ecuación de la industria se hizo muy complicada, sobre todo cuando se venía de una floja cosecha de soja y girasol, como consecuencia de la sequía del verano pasado. Y todo se terminó de complicar cuando se anunció la imposición de derechos de exportación para todos los productos, vehiculizados a través de una quita de 3 o 4 pesos por dólar, según el valor agregado de los distintos productos.   Bueno, al aceite refinado y envasado en botellas de litro le tocó la quita de…4 pesos. Un despropósito urdido por alguna cabeza maliciosa, que pareciera querer enjugar viejas inquinas con la industria. El exabrupto eclosionó con el cierre de esta planta modelo, hoy en manos de una empresa para la que el agregado de valor local no tiene importancia estratégica. Se llevarán el poroto de soja para moler en destino, y quizá pronto nos sorprenda que hay aceite chino en las góndolas chilenas o peruanas hecho a partir de soja argentina.

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