Los escándalos por acoso sexual ahora golpean a políticos y a periodistas de EE.UU.

Después de siglos de indiferencia o tácito silencio sobre un fenómeno aterrador, la verdad está saliendo a la luz en un proceso irrefrenable. Los hombres en el poder históricamente han violado, acosado, abusado a mujeres en todos los ámbitos, pero nunca como ahora han sido sometidos a una ola de denuncias y al escarnio público, un movimiento que empezó en Estados Unidos y que se ha extendido por el mundo.

La figura del acoso se volvió pública a comienzos de los ‘90, con las acusaciones de Anita Hill contra el aspirante a juez de la Corte Clarence Thomas. Aunque luego todo pareció congelarse. Muchas veces las mujeres denunciaban a ricos y famosos, pero sus voces eran desprestigiadas o no escuchadas, y un ejército de abogados inmediatamente acallaba las cuestiones con acuerdos extrajudiciales.

Sin embargo, últimamente las denuncias han comenzado a caer como en un dominó descontrolado en Hollywood, en el Parlamento, en los medios de comunicación y hay quienes aseguran que la llegada al poder del presidente Donald Trump –que también ha sido acusado de propasarse con varias mujeres- ha disparado el movimiento.

Hubo casos conocidos ya desde el año pasado, como el del juicio al actor Bill Cosby o el acosador director de la cadena Fox, Roger Ailes. Pero todo se aceleró con un artículo en The New Yorkerque consignaba denuncias de varias mujeres contra el todopoderoso productor Harvey Weinstein que incluyen violaciones, manoseos, acoso y masturbaciones en público, entre otras bajezas. El escándalo creció cuando famosas como Angelina Jolie, Gwyneth Paltrow, Cara Delevigne, Lupita N´yongo, entre otras, se sumaron a las acusaciones contra el productor.

Surgió entonces una reacción generalizada entre ciudadanos de todo el país que comenzaron a denunciar sus casos en las redes con la campaña #MeToo (“YoTambién”). Una de las primeras figuras relevantes apuntadas fue el actor Kevin Spacey y luego siguieron el popular senador demócrata Al Franken (tocaba los senos de su asistente cuando estaba dormida), el cantante Nick Carter o el ultraconservador candidato republicano al Senado por Alabama, Roy Moore, que hace décadas acosaba a menores.

Mujeres y hombres denunciaban abusos, muchos de ellos sucedidos hace años. No se salvó ni siquiera el ex presidente George Bush padre, quien acostumbraba a tocar la cola a las mujeres cuando se sacaba fotos con ellas. Una mujer se atrevió estos días a contarlo cuando -a los 91 años, desde una silla de ruedas y con su esposa Bárbara al lado- la manoseó. Otras tantas salieron luego a contar sus desagradables experiencias.

En los últimos días, la ola se extendió con fuerza a los medios de comunicación. El martes último, las cadenas de Tv CBS y PBSanunciaron el despido del veterano presentador estrella Charlie Rose porque varias mujeres lo acusaron en The Washington Post de que las forzaba a besarlos y que se paseaba desnudo en su presencia. Otro de los denunciados fue Glen Thrush, corresponsal de Político en la Casa Blanca y ahora en The New York Times,que fue suspendido. La lista se extiende a Lockhart Steele, de Vox; Hamilton Fish, de The New Republic; Leon Wieseltier, de The Atlantic; y Matthew Zimmerman, de NBC.

Existe en Estados Unidos un nuevo ambiente en el que ya las mujeres no toleran más los abusos, según señala a Clarín James Grueber, profesor de Sociología de la Universidad de Michigan y experto en acoso sexual. “La gran cantidad de denuncias que se produjeron en el último tiempo están vinculadas con el clima cultural. La elección de nuestro presidente Donald Trump, que se ha jactado de agarrar los genitales femeninos, ha establecido un clima de tolerancia para denigrar abiertamente a las mujeres. Las mujeres han reaccionado fuertemente contra esto, lo que ha provocado protestas. Las mujeres generalmente no hablan por temor a represalias. Sin embargo, a medida que más mujeres hablan, esto alienta a otras a comentar su experiencia. Al hablar, descubren que no fueron las únicas que fueron abusadas”.

Ya al día siguiente de la asunción de Trump se organizó una marcha masiva en Washington, donde medio millón de mujeres manifestaron con gorritos rosas. Durante la campaña, había salido a la luz un audio de un programa de televisión en donde Trump se jactaba de “agarrar a las mujeres de la c…” y que podía hacerlo sin problemas porque él era famoso. El magnate no desmintió el audio, pero dijo que era una típica “charla de vestuario” masculino. Varias mujeres (entre ellas algunas de las candidatas a Miss Universo, un certamen del que él era dueño) declararon ante los medios que Trump las había besado a la fuerza o toqueteado. El dijo que todas eran “mentiras”.

 

Grueber señala que el movimiento #MeToo y la ola de acusaciones que hoy arrecia traerán dos cambios culturales importantes. Primero, que aumentará la cantidad de mujeres que denuncian estos delitos, ya que hoy menos del 20% de las que han sido víctimas se presenta a la justicia. Un segundo cambio, dice el experto, está vinculado con el repudio y la sanción que han recibido hombres de alto perfil (por ejemplo, Weinstein o Rose) y que puede actuar como un “castigo ejemplificador” que impedirá que otros acosen a las mujeres.

Leigh Gilmore, profesora del Wellesley College y especialista en estudios de género, asegura que la campaña #MeToo generó un “cambio real” porque “proporcionó un nuevo nivel de visibilidad sobre un viejo problema” y “generó el repudio y castigo social de los victimarios, y eso realmente fue muy alentador.” Gilmore explica que “el acoso sexual es una forma de ejercer poder sobre las personas que son vulnerables. Es abuso y dominación. Por eso, cuando se les cree a las mujeres que denuncian y se responsabiliza a los hombres de estos abusos, surge un nuevo nivel de conciencia que sienta las condiciones en las que se puede exigir el cambio. Ciertamente, ver a hombres poderosos perder sus trabajos es un mensaje muy fuerte”.

Hoy el acoso sexual se está abordando con un nuevo nivel de seriedad, dice la experta. “Los periodistas, los abogados y las juntas corporativas deberán mejorar la forma en la cual manejan estos reclamos. Pero la realidad es que la conversación cultural está cambiando y estamos viendo que se está creyendo en la palabra de las mujeres”, agrega. “Para que ocurra un cambio real, todos los lugares de trabajo deben tomarse este tema en serio y el enfoque deberá extenderse más allá de las celebridades y los casos de alto perfil”, señala.

De hecho, en varios medios de comunicación ya están implementando nuevos códigos de conducta sobre el tema y facilitan canales de denuncia. En algunas empresas como Uber o Twitter también toman medidas en ese sentido. En el Congreso estadounidense esta semana debatirán una resolución para que todos los legisladores y sus empleados tomen un curso sobre acoso sexual obligatorio. Ya había uno, pero era optativo. Y muy pocos se inscribían porque -al menos hasta ahora- consideraban que el asunto no era relevante

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